jueves, 12 de diciembre de 2013

EL RASGO DE PERSONALIDAD QUE DEFINE A LAS PERSONAS QUE LLEGAN LEJOS EN LA VIDA



Ni la sangre, ni el sudor ni las lágrimas, que diría Winston Churchill. Ni siquiera una gran inteligencia, una billetera voluminosa o un carisma sobrenatural pueden explicar por sí mismos por qué una persona llega lejos en su carrera y por qué otras fracasan a pesar de contar, en apariencia, con las condiciones necesarias. Hay tantos factores que explican el éxito personal que, en muchos casos, resulta trabajo baldío intentar seleccionar uno de ellos por encima de los demás. Sin embargo, seguimos haciéndolo, seguramente porque nos gusta simplificar un mundo que cada vez parece más complejo a nuestros ojos.
No obstante, en ocasiones este tipo de fórmulas pueden ayudarnos a comprender el mundo que nos rodea y, aunque quizá no sean la panacea, sí contribuye a enfrentarnos con el día a día con otra filosofía. Por eso resulta particularmente interesante la breve pero sustanciosa charla que Angela Lee Duckworth impartió en Ted el pasado mes de abril, en la que señalaba cuál es, tras diversas investigaciones, la cualidad que poseen todas las personas que triunfan: las agallas, o en inglés, grit, como en la película de los hermanos Coen Valor de ley (True Grit, 2011).
Los estudiantes que llegan más lejos no son los más inteligentes, sino los más perseverantes. Como contó en la charla, Duckworth dejó a los 27 años su bien pagado trabajo en el mundo de la consultoría por un empleo “aún más exigente”, en sus propias palabras: ser profesora. Concretamente, matemáticas de séptimo curso en una escuela pública de Nueva York, con alumnos de entre doce y trece años. Un auditorio complicado del que aprendió mucho más de lo que podría haber sospechado en un primer momento.
La relativa importancia de la inteligencia
Poco después de comenzar su andadura como profesora, y tras analizar por primera vez las calificaciones académicas obtenidas de exámenes y trabajos, Duckworth reparó en que el coeficiente intelectual de los estudiantes tan sólo marcaba una pequeña diferencia. Es más, muchos de los mejores alumnos no tenían una inteligencia explosiva. Trabajando duro, todos los alumnos podían alcanzar los objetivos, por muy complicados que estos fuesen. ¿Qué era, entonces, lo que estaba ocurriendo?
La vida y la escuela dependen de mucho más que de la habilidad para aprender rápida y fácilmente Duckworth daría con la clave unos cuantos años después, cuando finalmente llegó a la conclusión de que era necesaria “una mejor comprensión de los estudiantes y del proceso de aprendizaje desde una perspectiva motivacional y psicológica”. La profesora recuerda que, por mucho que el discurso educativo haya hecho hincapié en la inteligencia emocional durante las últimas décadas, el coeficiente intelectual sigue siendo la variable más utilizada para juzgar a los alumnos, cuando otro tipo de cualidades incuantificables como la determinación o las consabidas agallas son igual o incluso más relevantes.
“La vida y la escuela dependen de mucho más que de la habilidad para aprender rápida y fácilmente”, explicó la docente de origen asiático durante su paso por Ted. Una afirmación que le hizo acudir a la Universidad a estudiar psicología y, posteriormente, a analizar grupos de estudiantes, de militares de la escuela de West Point y del concurso de Gramática nacional para conocer el perfil de aquellos que continuaron con su trabajo hasta las últimas consecuencias y salieron victoriosos en el intento. Dicha encuesta tuvo en cuenta un gran número de variables, que iban desde el nivel socioeconómico de la familia hasta la seguridad que sentían los niños cuando iban a la escuela. Los resultados fueron claros: la determinación es lo más importante, especialmente en aquellos casos en los que los niños tenían peligro de abandonar la escuela por sus circunstancias personales o por el entorno del que provenían.
Como recuerda Duckworth citando a Carol Dwerck, profesora de psicología de la Universidad de Stanford, “la habilidad para aprender no es siempre la misma, sino que se puede cambiar a través del esfuerzo”. Obvio pero acertado: el esfuerzo contribuye a la neuroplasticidad del cerebro, y aquellos más perseverantes lo eran aún más después de incurrir en un fallo, como explica la profesora, puesto que “no creen que ese fallo sea una condición permanente”.
Fuerza, voluntad y éxito
La profesora ha creado un grupo de investigación en la Universidad de Pensilvania destinado a analizar de manera cuantitativa la determinación, con el objetivo de comprender de qué manera esta puede determinar el éxito profesional y personal. “Tenemos que tomar nuestros datos y justificar nuestras ideas a través de ellos y comprobar que realmente funcionan”, explicó Duckworth para concluir la charla. “Tenemos que estar dispuestos a fracasar, a equivocarnos, a volver a comenzar de nuevo, pero esta vez, con la lección aprendida”.
Todo aprendizaje moviliza la racionalidad y las emociones del estudiante. Parece ser que las agallas están de moda, puesto que también dan su nombre al último trabajo del colaborador de El Confidencial Mario Alonso Puig y Premio Espasa de Ensayo, El cociente agallas. Como aseguraba el antiguo neurocirujano en una reciente columna, este nuevo coeficiente es “la fuerza que desarrolla el carácter de una persona, la que nos permite que sigamos adelante contra viento y marea”.
Puig recuerda que, hasta la irrupción de Daniel Goleman y su reivindicación de la inteligencia emocional, lo racional siempre había prevalecido por encima de las emociones. Sin embargo, las últimas investigaciones han puesto de manifiesto que el aprendizaje utiliza casi por igual ambos aspectos de la experiencia humana, que se complementan entre sí y no pueden entenderse de manera separada. Una persona inteligente pero desmotivada llegará mucho menos lejos que aquel que quizá no pueda presumir por su brillantez, pero sí persevere en su cometido y no se rinda cuando las primeras dificultades aparezcan. Y como bien sabe todo ciudadano del siglo XXI, las dificultades aparecerán, y en abundancia.
El confidencial.

sábado, 7 de diciembre de 2013

POR QUÉ ELLOS SE ORIENTAN MEJOR Y ELLAS TIENEN MÁS MEMORIA



Científicos de la Universidad de Pensilvania creen haber hallado la clave neurológica de las diferencias de comportamiento de ambos sexos
Los estudios psicológicos muestran de forma consistente ciertas diferencias en el comportamiento de los dos sexos: los hombres muestran en promedio más habilidades motoras y de percepción espacial, y las mujeres puntúan mejor en el conocimiento social y la memoria. Los neurocientíficos de la Universidad de Pensilvania creen haber hallado la clave neurológica de esas diferencias. Según su investigación con casi un millar de jóvenes, la conectividad entre distintas partes del cerebro se desarrolla de manera diferente en los dos sexos. En las mujeres predominan las conexiones entre los dos hemisferios cerebrales, y en los hombres prevalecen las interiores de cada hemisferio. Curiosamente, ese patrón se invierte en el cerebelo, una estructura implicada en la coordinación de movimientos y el aprendizaje de procedimientos.
Los investigadores piensan que esas diferencias de conectividad subyacen a los patrones de comportamiento previamente detectados por los psicólogos. “Nuestros resultados”, dicen Madura Ingalhalikar y sus colegas de Pensilvania, “indican que el cerebro masculino está estructurado para facilitar la conectividad entre percepción y acción coordinada, mientras que el femenino facilita la comunicación entre el modo de procesamiento analítico y el intuitivo”. Publican el trabajo en la revista científica PNAS.
La interpretación de los autores requiere alguna explicación adicional. Dentro de cada hemisferio, el cerebro está dividido en módulos, como los encargados de la percepción visual (situados cerca de la nuca) y los que mandan las órdenes a los músculos para ejecutar movimientos (localizados más o menos por encima de las orejas). Por eso una mayor conectividad dentro de cada hemisferio implica una mayor coordinación entre percepción visual y control motor.
Por otro lado, un hemisferio no es una copia exacta del otro. A grandes trazos, el hemisferio izquierdo aloja nuestra parte más racional, incluido el lenguaje y el intérprete o narrador que da sentido a nuestra vida; el hemisferio derecho, por el contrario, se ocupa de nuestra parte más intuitiva. De ahí que los autores interpreten la alta conectividad entre hemisferios en las mujeres como una mayor coordinación entre el pensamiento analítico y el intuitivo.
El lector ya estará familiarizado con el término genoma, e incluso con sus secuelas proteoma y metaboloma. La terminación –oma quiere resaltar una ambición de totalidad: la investigación simultánea de todos les genes, de todas las proteínas o de todos los metabolitos. Los estudiosos del cerebro hablan ahora del conectoma con el mismo espíritu de globalidad. Ingalhalikar y sus colegas han estudiado el conectoma (todas las conexiones del cerebro) de 949 personas entre 8 y 22 años de edad (521 chicas y 428 chicos).
Un dato importante es que las diferencias de conectividad entre los dos sexos son muy escasas antes de los 13 años; es a partir de los 14 cuando empiezan a pronunciarse. Aunque no hay datos directos, esa distribución de edad hace probable que las tormentas de hormonas sexuales que se disparan en la adolescencia estén implicadas en el fenómeno.
El País.

LA PATOLOGÍA DEL ÚLTIMO MINUTO O POR QUÉ HOY EN DÍA SOMOS TAN MALEDUCADOS



Mucho se habla de todos los cambios que han introducido las nuevas tecnologías a la hora de comunicarnos y, sin embargo, solemos olvidar un factor que sin duda viene de la mano de todos los cacharritos móviles, con internet e inalámbricos que poseemos. Se trata de la patología del último minuto: si no la padeces tú, seguro que alguno de tus amigos lo hace. ¿Cuáles son los principales síntomas?:
–Enviar a menudo mensajes de texto en el último minuto para cancelar los planes, normalmente cuando la otra persona ya se encuentra en el lugar acordado.
Anular con frecuencia planes con amigos simplemente porque no te apetece ir o porque ha surgido alguna otra cosa que te apetece más.
–Enviar mensajes con demasiada frecuencia diciendo que llegas tarde.
Olvidarse de las reuniones o las citas porque no lo habías guardado en el móvil.
–Dejar constantemente los planes en el aire para confirmarlos en el último minuto, y siempre a través de un mensaje de texto.
Efectivamente, parece que es muy difícil hoy en día estar esperando a que llegue la persona citada y no estar pendiente del móvil: si no es una cancelación, lo más probable será recibir un "llego en diez minutos" o un "mejor quedamos en no sé dónde", pero es raro que la gente se atenga a lo previamente acordado.
La mala educación
La posibilidad de avisar con poco tiempo a través del teléfono móvil es, sin duda, positiva si es usa bien. Evidentemente, puede ocurrirnos algo que haga totalmente imposible que lleguemos a la cita y, en tal caso, tener la posibilidad de avisar al otro siempre es tranquilizador para ambas partes. Sin embargo, el constante abuso del móvil nos está convirtiendo en unos maleducados: parece que, si avisamos, nuestra corrección no se pone en entredicho. Sin embargo, cuando uno queda con alguien, fijando un lugar y una hora, lo pertinente es aparecer: aunque en el momento de la cita no apetezca, o haya surgido un plan mejor, o haga frío, o se tenga sueño. Es el mínimo de modales requerido para las relaciones sociales: aparecer.
No obstante, parece que los modales se han perdido y que cancelar cinco minutos antes de la hora acordada porque no nos apetece ir es perfectamente legítimo siempre que se avise. Y, claro, normalmente avisamos mediante un mensaje de texto, que no permite la réplica directa del interlocutor y nos ahorra numerosas explicaciones.
La falta de respeto
Este fenómeno resulta curioso porque, si bien es cierto que el móvil permite avisar al otro y nos deja con la conciencia tranquila, también es verdad que no es más difícil que antes llegar a los sitios. De hecho, probablemente sea más fácil y nos cueste menos, y nadie nos impide quedar en un sitio que nos venga bien.
Parece que simplemente nos mueve una absoluta falta de respeto por el tiempo de los demás, que consideramos menos valioso que el nuestro. Esto siempre ha sido así, la diferencia es que ahora podemos avisar a la gente de que están perdiendo su tiempo y, en consecuencia, la actitud se ha vuelto más o menos aceptada.
La tecnología, que prefiere lo fácil a lo correcto, nos está incitando a hacer lo propio, y nos comportamos a menudo de la manera que no es más cómoda sin tener en cuenta las necesidades de los demás. La posibilidad de avisar, cancelar o modificar los planes con apenas diez minutos de antelación ha hecho que nos parezca que cancelarlos o modificarlos es correcto, pero sigue siendo una falta de respeto para la persona que ha dejado lo que estaba haciendo y se ha preparado para estar a la hora fijada en el sitio convenido.
La superficialidad
Pero no todos son malos modales. Por si fuera poco, la tecnología está haciendo que nuestras relaciones sociales sean cada vez más superficiales. Así, no sólo nos contentamos con no aparecer a las citas, sino que avisamos con un mensaje de texto que no espera respuesta, plagado de caritas sonrientes, de emoticonos simpáticos que apuntan a una próxima quedada o de caritas tristes que buscan la empatía del amigo. Pero cuando uno ha organizado su día para quedar a una hora y en un lugar, una carita sonriente no parece arreglar demasiado. Da la sensación de que nuestro tiempo no es válido y nuestra compañía tampoco. Y, además, parecemos adolescentes que se mandan notitas en mitad de clase.
Vivimos en un constante "ya veremos" que creemos que nos beneficia y que nos impide salir de nuestra zona de confort. No obstante, hay cosas que deben planearse. Al fin y al cabo, los horarios no son sino la manera mundial de ponerse de acuerdo, y no respetarlos es signo de una profunda carencia social y de un gran egoísmo.
Si algo bueno tiene todo esto es que nos hemos acostumbrado a ir con un libro en el bolso por si toca esperar al amigo de turno más de lo previsto. Ah, bueno, no. Claro. Que ahora nosotros tenemos Facebook en el móvil: hacemos una foto de nuestras nuevas botas sobre el pavimento, le ponemos un filtro, la subimos a una red social y escribimos "Aquí, esperando a Cris XD". Y así matamos –aniquilamos– el tiempo.
El confidencial

POR QUÉ (Y PARA QUÉ) ESTAMOS TODO EL RATO MIRANDO EL MÓVIL



Los nuevos aparatos tecnológicos, principalmente nuestros smartphones, han acabado con nuestra educación. Esta es la principal conclusión del reciente estudio que acaba de publicar la compañía de análisis Qualified Impressions después de analizar los usos y costumbres de más de 3.000 personas. La compañía asegura que los adultos tan sólo mantienen contacto ocultar directo entre el 30 y el 60% de la conversación, mientras que lo ideal sería hacerlo entre el 60 y el 70% del tiempo. ¿Dónde marcha nuestra atención cuando miramos a otra parte? En la mayor parte de las ocasiones, a nuestro teléfono móvil, cuando chequeamos si hemos recibido alguna nueva notificación. Pero también, mirando por encima de nuestro hombro o a otra parte, incapaces de concentrar nuestra atención en lo que nos están diciendo.
El estudio ponía de manifiesto otras conclusiones llamativas. Por ejemplo, que miramos menos a la otra persona cuando hablamos que cuando estamos escuchando: un 62% mientras se tiene el turno de palabra y un 43% cuando lo tiene la otra persona. También, que mantener demasiado la mirada fija en la otra persona puede ser perjudicial: aguantarla más de un 70% del tiempo es considerado como una intromisión en la privacidad de los demás, el célebre “no mires a los ojos a los extraños”.
“Para los jóvenes es culturalmente aceptable responder al teléfono durante la comida” Como señalaba Sue Shellenbarger en The Wall Street Journal, esto afecta sobre todo a los veinteañeros y los nativos digitales, que han adoptado como costumbre natural mirar continuamente mirar sus móviles. “Para ellos, es casi culturalmente aceptable responder al teléfono durante la comida o mirar los resultados de los partidos de béisbol”, como afirmaba el presidente de la empresa, Noah Zandan. “Es un signo de compromiso mantener la mirada fija en la otra persona, así que cuando no lo haces, estás mostrando que no te interesa la conversación”.
La importancia de aguantar la mirada
El propio Mark Zuckerberg, CEO de Facebook, ha manifestado en alguna ocasión que no hay nada malo en echar un vistazo al móvil aunque estemos hablando con otra persona, ya ha manifestado que “todo eso de que la red separa a la gente es una exageración”. Más bien, cree Zuckerberg, es al revés, ya que Facebook y otras herramientas similares permitirían “mantenerse en contacto con la gente” y “formar parte del contexto de más personas diferentes”.
El FOMO (“fear of missing out” o “miedo de perderse algo”) es otra de las causas que pueden causar dicha situación, ya que impulsa a los más jóvenes a buscar continuamente en las redes sociales qué están haciendo los demás, una rutina que nos crea ansiedad porque nos hace pensar que nuestros amigos hacen cosas más interesantes que nosotros (aunque realmente no sea así).
Lo que dices es menos importante que cómo lo dicesSin embargo, recuerdan los expertos en comunicación, aprender a mirar correctamente a los ojos es esencial. ¿Por qué? Por varias razones, pero principalmente, porque mantener contacto visual es una señal de estatus, confianza y respeto, tres valores importantes a la hora de relacionarnos de forma extra verbal con los demás. Como señalaba el propio Zandan, “es absolutamente crucial que la gente entienda que hay muchas más cosas en la comunicación que el contenido que se comunica. Lo que dices es menos importante que cómo lo dices”.
Una peculiar investigación realizada por Simon Baron-Cohen señalaba que los fetos que se han visto expuestos a una mayor cantidad de testosterona en el útero suelen mantener menos el contacto visual una vez han nacido. Más allá de curiosidades como esta, en lo que se muestran de acuerdo la mayor parte de expertos es en que saber cómo mirar es algo que muchas personas saben hacer de manera natural y a otras les cuesta enormemente aprender a hacerlo. Pero, ¿de qué manera nuestra mirada desvela todas esas cuestiones?
  • Sinceridad. Los ojos suelen ser considerados las ventanas del alma, y como tales, los que de verdad indican si mentimos o decimos la verdad. Se cree que las personas sinceras son las que miran a los ojos y las que desvían la mirada, las que mienten, ya que de esa forma estarían preocupadas ante la posibilidad de que se les pillase en un renuncio. Sin embargo, esta idea de que los ojos pueden delatarnos es cada vez más dudosa, ya que, como señalaba un estudio publicado por Caroline Watt en la revista PLoS One, “aunque la mayor parte de la gente cree que el movimiento de los ojos tiene que ver con lo que la persona está pensando, no hemos descubierto ninguna relación entre ambos hechos”.
  • Estatus. La teoría evolucionista mantiene que la mirada es, desde hace milenios, uno de los signos de dominación más claros, y la manera por la cual los machos demostraban que eran el macho alfa. El que aparta primero la mirada, pierde, y el que baja la mirada muestra su sumisión al otro varón. Algo que, en teoría, también funcionaría con las mujeres, ya que mirarlas fijamente, aunque pueda parecer intimidante, sería una manera de mostrar nuestro interés y, por si fuera poco, nuestra masculinidad. Por eso se ha dicho que mirarlos fijamente es una buena manera de intimidar a nuestros enemigos.
  • Cordialidad. Como decíamos con anterioridad, mirar a los ojos es una señal de interés. Desviar la mirada es la señal más clara de que no nos interesa lo que nos están contando, y por lo tanto, que no somos merecedores de la atención de nadie. Pero también porque la mirada es lo que establece nuestra conexión emocional e intimidad con los demás, ya que es lo que permite esa empatía que, por ejemplo, desaparece totalmente en nuestras conversaciones en las redes sociales (las que nos suelen llevar a la confusión). Además, los antropólogos recuerdan que el lugar privilegiado de la cara en el que se encuentran los ojos indica que están hechos para comunicarnos con los demás, y no para ser ocultados.
  • Confianza. Las personas más inseguras tienden a mantener menos tiempo la mirada, aseguran diversos estudios. Pero no sólo eso, sino que como puso de manifiesto una investigación realizada con universitarios a los que se les presentaron diversas fotografías con rostros mirando directamente a cámara, los que manifestaban que dichas representaciones les causaban rechazo tenían una salud mental mucho menor que aquellos que las consideraban deseables. En definitiva, nuestra voluntad de mantener o desviar la mirada dice mucho de nuestro estado mental, e incluso del ánimo con el que nos levantamos: por lo general, aquellos días en que nos sentimos más decaídos tendemos a mantener la vista baja y no mirar a nadie en los ojos. Además, la gente que sufre depresión también está menos inclinada a aguantar la mirada.
El confidencial