viernes, 8 de noviembre de 2013

SUPERA EL MIEDO AL FRACASO




El fracaso va implícito en cualquier iniciativa. La posibilidad de fallar está siempre presente, esa es la consecuencia indeseada del riesgo, pero esto no implica que no lo podamos superar o incluso evitar.

Lo importante es ser conscientes de cuánto arriesgamos, de cuál es la recompensa, que nos implicaría no hacerlo… El peor escenario es, no saber que riesgos corremos ni cuáles son las consecuencias. Por eso es muy importante analizar hacia donde queremos ir (objetivo a alcanzar), qué pasos vamos a dar hacia ello, cómo los vamos a dar, cuánto tiempo nos marcamos para ello…

La probabilidad de fracasar es inversa a la preparación/análisis/conocimiento con la que iniciamos el proyecto: cuanto mejor PREPARADOS estemos, existen menos probabilidades de que nos quedemos en el camino, ya que aunque nos encontremos con dificultades, tendremos recursos y herramientas con la que superarlos (no exime de esfuerzo).
La clave está en encontrar un equilibrio entre: no arriesgarnos a hacer algo porque creemos que nunca estamos suficientemente preparados, y en lanzarnos sin tener un mínimo de preparación (sin tener el suficiente conocimiento de causa).

Cuanto más conocimiento tengamos sobre nuestra idea y el contexto en el que tenemos que aplicarla, más claro y concreto podremos marcar qué cosas debemos hacer y como priorizarlas.

Cuanto más y mejor conozcamos nuestros defectos y limitaciones, más claro tendremos que cualidades y herramientas necesitaremos utilizar.

Cuanto más equilibrada sea nuestra visión de la realidad y más contrastemos nuestras suposiciones, menos irreales serán nuestras expectativas y más preciso nuestro plan de acción.
¿Elegir el momento oportuno? ¿cuándo es el momento oportuno?
Desde mi punto de vista (es solo mi opinión) el momento de arriesgar es cuando conseguimos tener claridad y confianza en nuestro conocimiento. Pero por desgracia (por ahora) no existe nada que nos indique cual es el momento  adecuado; sin embargo, de la misma manera que de la observación, el conocimiento y la preparación surgen las ideas, también surge la intuición que puede sernos de gran utilidad si aprendemos a escuchar nuestra voz interior.

Pero hay que tener presente que la “preparación” nunca termina. El verdadero aprendizaje acontece a partir de que decidimos iniciar una acción, y es donde más atentos debemos estar para observar y aprender de los detalles de los diferente acontecimientos, aunque muchas veces es cuando dejamos el aprendizaje de lado a causa de la larga lista de temas/tareas a realizar.

Tener algún fracaso en nuestra biografía no garantiza el
éxito del próximo emprendimiento, pero puede ayudar a emprender una acción con una visión más realista y ajustada...

Podemos considerar el fracaso como una escuela. La equivocación nos puede proporcionar información que podemos utilizar para posteriores acciones.

El fracaso no es garantía del
éxito. Fracasar no es la única manera de aprender y no siempre es la más eficiente por la cantidad de recursos (materiales y personales) que puede llegar a consumir.

Fracasar nos puede ayudar a mostrarnos el camino a seguir. La idea es que la información que origina el fracaso nos puede permitir enfocar nuestros esfuerzos y así aumentar las posibilidades de alcanzar nuestro objetivo.

 “Las equivocaciones son los portales del descubrimiento”
James Joyce
Motivos que nos ayudan a llevarnos al fracaso
Unos tienen que ver con nuestras ACTITUDES es decir, con aspectos psicológicos de nuestra manera de ser que nos ayudan a llevarnos a fracasar:
  • Miedo excesivo: le tenemos tanto temor al riesgo de no lograrlo (generalizando) que nos volvemos conservadores.
  • Exceso de confianza: en lugar de reconocer nuestra naturaleza imperfecta pretendemos saber más de lo que sabemos y tratamos de hacer más de lo que en ocasiones podemos y debemos hacer.
  • Perfeccionismo en los detalles: invertimos la mayor parte de nuestra energía en detalles o aspectos secundarios en lugar de realizar las acciones importantes, o postergamos las tareas en nuestro afán de que no quede ningún cabo suelto, y así nunca terminamos de planificar/analizar nuestro proyecto.
  • Inflexibilidad: avanzamos siguiendo el plan al pie de la letra sin aceptar variaciones. Esa fijación nos impide percibir factores que lo afectan y que, si no los atendemos, nos pueden llevar al fracaso. La realidad nunca es como la planeamos, por eso tenemos que estar dispuestos a adaptar nuestros esquemas a ella.
  • Imprudencia: se da cuando nos lanzamos voluntaria pero temerariamente a un proyecto para el que no estamos preparados, muchas veces por el error de suponer que las cosas son tan fáciles como hemos imaginado.

Y otro de los motivos es la falta de PREPARACIÓN y/o CONOCIMIENTO. El éxito no viene sólo con el surgimiento de una idea o de un golpe de suerte. Ambos son condición necesaria pero no suficiente: necesitamos preparación (conocimientos, habilidades, experiencia). Debemos analizar el estado de la  situación para ver cual nuestra realidad.

Los dos motivos están interrelacionados: generalmente son nuestras carencias actitudinales y aptitudinales las que hacen que no tomemos con la seriedad conveniente nuestra preparación o no veamos los errores en ella.

Para gestionar adecuadamente el fracaso...

Debemos asumirlo como lo que es: la consecuencia de un error
. Una señal que nos dice “por ahí, no”. Por lo tanto, tenemos que tomar otro camino, es decir, cambiar las cosas y seguir adelante.

Es necesario, ante todo, detectarlo. ¿Hasta qué punto han de funcionar mal las cosas para que procedamos a cambiarlas?

Aquí radica la clave de la buena gestión, hay que reaccionar con rapidez y la regla podría ser: “en caso de duda, cámbialo” ¿qué opinas?.

 “Si cerráis la puerta a las equivocaciones, también la verdad se quedará fuera”
Rabindranath Tagore
Supera el miedo al fracaso

1.
Cuestionando tu miedo Pregúntate… ¿a qué le tengo miedo? Hasta que no sepas cual es el verdadero motivo de ese miedo al fracaso, no podrás vencerlo. ¿Qué es lo peor que podría pasar si fracasas? En ciertas ocasiones lo máximo que podría suceder no justifica el miedo.

2. Poniéndote en acción (después de haber analizado que la decisión tomada puede ser optima) Como ya he comentado en otros post, el miedo tiene un efecto paralizante que nos impide actuar y nos impide percibir la realidad con claridad. Pero te recuerdo el proverbio chino “el fracaso más grande es nunca haberlo intentado”.

Bloquea tus pensamientos negativos para que no te limiten.

“Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar” Paulo Coelho

3. Aprendiendo de quienes ya han alcanzado el éxito, y ten muy claro que si ellos se hubieran paralizado por el miedo al fracaso, nunca habrían llegado a alcanzar una meta.

Si queremos llegar al éxito...


Debemos conocer muy bien nuestro
PARA QUE 

Debemos tener presente que no todo nos va a salir a la primera


No debemos permitir que la opinión de terceras personas nos desmotive si creemos en algo.



Concluyendo, el fracaso no es ni bueno ni malo en sí mismo. Todo depende de las condiciones en que se produce y cuáles son las causas que lo provocan. Un fracaso tiene causas desencadenantes pero también hay factores que lo promueven o lo mantienen. Analizar ambos tipos de variables es necesario antes de valorar como positivo o negativo una determinada situación de fracaso.



jueves, 7 de noviembre de 2013

Las cualidades definitivas para ser un buen jefe en 2013




Los jefes deben desarrollar una comunicación positiva con sus subordinados para motivarlos y mejorar su rendimiento. (Corbis)
Las nuevas dinámicas del mercado laboral, debidas al actual contexto de crisis y de adaptación a los cambios del entorno (tecnológico y de consumo), ha provocado que las empresas demanden también nuevas competencias y aptitudes a sus trabajadores. Una necesaria evolución que deben asumir igualmente los empresarios y demás cuadros directivos, aunque en otros términos, según defiende el profesor y actual director del instituto suizo Essential Management, Xavier Camby, en su último libro titulado 48 claves para una gestión sostenible (48 clés pour un management durable, editado por Yves Briend).
Después de haber analizado las prácticas y técnicas de gestión de más de 8.000 directivos desde el inicio de la crisis, Camby ha llegado a la conclusión de que “el mánager nunca fue tan crucial y necesario para la buena marcha de una organización empresarial en momentos de dificultades, al tiempo que nunca antes hubo que adaptarse tan rápido a los nuevos requisitos”. Una situación que se debe a la aceleración de los cambios globales, el clima laboral y económico general y la rápida rotación de los equipos que hace difícil identificar con el suficiente tiempo de antelación a los trabajadores que escalarán en la jerarquía laboral.
El ‘jefe-planificador’, una figura en extinción
La concepción tradicional de los jefes como las personas encargadas de organizar o, incluso de controlar, ha perdido casi todo su sentido en la actualidad. Para los expertos en sociología de las organizaciones empresariales, los superiores deben abandonar su rol de planificadores, ya que es menos necesario debido a las nuevas cualidades requeridas a los trabajadores y al entorno laboral generado por la potenciación del trabajo en equipo.
Este cambio se debe también a que la información de las funciones y objetivos de cada trabajador deben ser conocidos y compartidos por toda la plantilla. Un reto que va en contra de la falta de transparencia y la ocultación de información que puede ser del interés de los trabajadores para el correcto desempeño de sus labores. Por tanto, se han impuesto una serie de nuevas competencias que cualquier dirigente debería asumir y que se resumen en cuatro características concretas que el consultor en liderazgo cita en su último libro.
Si trasmitimos todo lo que sabemos a los subordinados saldremos ganando, no hay que tener miedo irracional a que lleguen a ser mejores que nosotrosCapacidad relacional y comunicativa. “Los buenos jefes tienen que tener una actitud cordial, relajada, cercana y, sobre todo, con capacidad de comunicación positiva”, según explica Camby. Saber valorar a los trabajadores sirve para mejorar su implicación tanto en las tareas que realizan como en la propia organización empresarial. “Deben saber motivar a los empleados para darle un valor añadido a su trabajo y hacerles sentirse lo más a gusto posible en la empresa”, insiste. De este modo, aumentará su rendimiento y compromiso.
Saber transmitir los conocimientos necesarios y el know-how. Para poder delegar funciones en los trabajadores, es preciso ser generosos con ellos a nivel de transmisión de conocimientos y ayudarlos para que sepan desenvolverse solos y de la mejor forma posible cuanto antes. “Si trasmitimos todo lo que sabemos saldremos ganando”, asegura el consultor. Sin embargo, el autor reconoce que no siempre es fácil asumir esta máxima porque está demasiado extendida la idea de que si les enseño todo lo que sé a mis los trabajadores que están por debajo de mi escala podrán llegar a superarme. Un “miedo irracional” del que nos debemos liberar.
Humildad y cooperación. Para poder delegar hay que saber valorar a los subordinados, como comentábamos en el primer punto, algo que nunca se conseguirá si no tenemos la suficiente humildad como para depositar un voto de confianza en los demás. Hoy en día, y sobre todo cuando la empresa pasa por una situación difícil, la humildad es una herramienta mucho más fructífera que el férreo control de mando para que el equipo al que dirige un jefe crea en éste, se involucre y sea más cooperativo.  
La autoridad no se gana automáticamente detentando poder, sino mediante el reconocimiento de los subordinados. Un aprecio que sólo se conseguirá ejerciendo una influencia positiva en ellos a partir del desarrollo de las cualidades anteriormente citadas. Una cuestión clave debido a que el deterioro del mercado laboral por las dificultades económicas impuestas por la crisis está siendo acompañado de una deterioro de la imagen de los jefes y cuadros superiores, según han ratificado la mayoría de encuestas. En este contexto, lo que marca la diferencia para que todos los integrantes de una empresa aumenten sus esfuerzos y logren sacarla adelante son las cualidades personales de sus dirigentes. 

Las preguntas que debes hacerte para dar sentido a tu vida



Determinadas preguntas pueden llevarnos a conocer cosas de nosotros mismos que no sabíamos.
¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Estas son tres de las preguntas que se hacían Siniestro Total en su célebre canción homónima, y cuya respuesta está vedada al ser humano, por mucho que este haya intentado responderlas desde el momento en que adquirió conciencia de su propia existencia.
El astrofísico Carl Sagan aseguró en una ocasión que “damos sentido a nuestro mundo por la valentía de las preguntas que nos hacemos y la profundidad de nuestras respuestas” y, por eso, aunque no podamos dar contestación a las grandes cuestiones de la vida (¿quién podría?) sí nos podemos plantear a nosotros mismos cuestiones que nos ayuden a ser más felices y a sentirnos más realizados en nuestro día a día.
Multitud de psicólogos, terapeutas y sociólogos han elaborado listas sobre las preguntas que pueden hacernos descubrir cosas de nosotros mismos que no conocíamos previamente. Aquí presentamos algunas, pero como suele ocurrir, las mejores cuestiones son aquellas que se nos ocurren a nosotros mismos.
  • ¿Qué es lo más importante de tu vida?
Si hay algo finito e irrecuperable en la existencia humana, eso es el tiempo. Por ello, debemos averiguar cuáles son nuestras prioridades si no queremos que el torbellino de la vida contemporánea nos arrastre. Realizarnos esta pregunta, en apariencia obvia, nos ayuda a recordar todo aquello que quizá en demasiadas ocasiones dejamos de lado: la familia, la pareja, los hijos, los amigos…
  • ¿De qué puedes prescindir y hacer que tu vida siga siendo igual?
La vida moderna está marcada por la acumulación, por las agendas repletas y el consumo inútil. Por eso, sentarnos un momento y pensar todo aquello de lo que podemos prescindir (compras banales, actividades que no nos reportan ninguna felicidad, suscripciones absurdas) puede hacer que eliminemos todo aquello que no hace más que quitarnos tiempo y vaciar nuestro bolsillo.
  • ¿Qué tienes que hacer y por qué no lo haces?
La procrastinación, o dejar para mañana lo que puedes hacer hoy, es uno de los grandes males de la sociedad contemporánea. Sin embargo, esta suele referirse a compromisos más prácticos que a los que se refiere esta pregunta. Hay multitud de cosas que deberíamos hacer (de visitar a un familiar al que hace tiempo que no vemos a reparar algo en casa) que vamos dejando hasta que es demasiado tarde y ya, total, para qué lo vamos a hacer. Cumplir con las tareas vitales es una manera de sentirse pleno que no requiere mucho esfuerzo.
  • ¿Qué desconoces (pero te gustaría saber)?
Cuanto más sabemos, más conscientes somos de nuestra ignorancia y de que difícilmente podremos alcanzar la sabiduría absoluta. Pero, aun así, hay prioridades, y si cada día dedicamos parte de nuestro tiempo a llenar esas lagunas, terminaremos desenvolviéndonos mucho mejor en nuestra vida. Saber lo que no se sabe es un buen paso, pero hay otra pregunta incluso más importante que nos podemos plantear: ¿qué es lo que no sabemos que desconocemos?
  • ¿Qué he aprendido hoy?
No te acostarás sin saber una cosa más… ¿O no? Una buena estrategia vital es, cuando nos metemos en la cama y cerramos los ojos, antes de caer en los brazos de Morfeo, preguntarnos qué hemos aprendido durante el día. Si la respuesta es “nada”, es que algo estaremos haciendo mal. Un día sin aprender nada es un día perdido.
  • ¿Qué es lo más importante que voy a hacer esta semana?
De igual manera que revisar nuestro pasado puede ser útil a la hora de modificar nuestras actitudes para aprovechar mejor nuestro día a día, tener algo en el horizonte nos ayuda a aumentar nuestra motivación y a hacer que, cuando nos levantemos cada día, tengamos una razón que ponga nuestro motor en marcha. En ocasiones, este hecho puede ser algo placentero (unas vacaciones, una cita, un evento) o un desafío: tanto mejor, en cuanto que nos permitirá anticipar las dificultades que quizá tengamos que afrontar.
  • ¿A quién has ayudado hoy?
Numerosos estudios nos recuerdan que la filantropía y la ayuda a los demás aumentan nuestra propia felicidad. No debemos pensar únicamente en nuestras metas vitales, sino también en las de los demás, y contribuir a que las alcancen: no hay nada más satisfactorio que ver a un amigo cumplir sus sueños si nosotros mismos hemos sido los promotores de dicha victoria personal.
  • ¿Qué quieres que piensen de ti?
Nos gusta pensar que somos talentosos, simpáticos, desprendidos, bellos, hábiles y románticos. Pero ¿somos capaces de hacérselo llegar a los que nos rodean, o por el contrario, sospechan que somos inútiles, bordes, ratas, feos, manazas y siesos? Piensa cómo quieres que te recuerden y actúa en consecuencia.
  • ¿Cuál es el sueño de la infancia que no has cumplido?
De pequeños, unos querían ser astronautas, otros deportistas y otros, estrellas del rock. No es tarde: quizá ya no sea posible alcanzar tales metas (en realidad, nunca lo fue), pero no debemos renunciar a los amores de adolescencia. Leer libros sobre el tema, matricularnos en una universidad a distancia o apuntarnos a un club deportivo pueden constituir una buena vía alternativa para despertar las aspiraciones de ese niño que todos seguimos llevando dentro.
  • Si supieses que vas a morir dentro de tres meses, ¿qué dejarías de hacer?
Se trata de una pregunta un poco trampa, puesto que tal noticia evidentemente cambia nuestras perspectivas vitales (¿para qué ahorrar?), pero que también puede ayudarnos a distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Películas como Ahora o nunca (The Bucket List, Rob Reiner, 2007), protagonizada por Jack Nicholson y Morgan Freeman, ilustran cómo cambia la vida de una persona cuando se enfrenta a sus últimos días, y no tiene por qué ser necesariamente a peor.